Comunicar en educación, entre el diván y el fogón

Por Lucas Esteban Delgado. 

En la actualidad, existen muchas formas de informarnos acerca de lo que sucede en el mundo educativo. La información viaja de un punto a otro del planeta a través de redes telemáticas y aparecen al instante en nuestras pantallas, desde donde podemos leerlas, compartirlas, comentarlas y también convertirlas en propias. Nuestros ojos se desplazan entre pantallas, estímulos visuales que nos invitan a chequear constantemente lo que sucede, y nos hace pensar en esa dinámica como “el tiempo real”.

Así como la información ha encontrado en internet, y en las redes en general, un vehículo para circular velozmente, también han cambiado los modos de producir esa información. Los medios audiovisuales, impresos y digitales, no tienen las mismas dinámicas de producción de noticias, las conversaciones cara a cara no son lo mismo que los foros en línea. No obstante, hay algo que no deberíamos perder de vista sin importar los canales de donde provenga la información: la curiosidad, la posibilidad de hacerse preguntas, las buenas preguntas, así como también de saber ser receptores críticos, saber escuchar, analizar y transformar.

En este sentido, buscamos que esta nota los deje pensando en dos cosas. Por un lado, en cómo comenzar a hacerse preguntas que lleven a problematizar lo que aceptamos como natural en nuestras prácticas, y por otro, cuáles son las mejores maneras de comunicarlo. Además, un eje central en esta propuesta es cómo nos posicionamos, nos construimos frente a la presencia física o virtual de otro.

Desde el título de este post se proponen diferentes instancias en las que queremos hacer hincapié para analizarlas con cierta profundidad y luego buscarles un punto de contacto que nos permita llevar nuestras prácticas a nuevos horizontes, para ampliar nuestras nociones de innovación y de trabajo colectivo.

Seguimos las reflexiones del círculo de Bajtín, cuyos teóricos le otorgan una función primordial a la «otredad» como generadora de la conciencia. Se concede un papel activo al otro, en tanto que la percepción subjetiva acerca del otro orienta el discurso propio y le otorga un significado particular en la situación específica de comunicación compartida, de la situación comunicativa.

“Este conocimiento individual constituye un punto de partida para el diálogo, proponiendo nuevas condiciones para dotarlo de significados nuevos, asociados a otros puntos de vista sobre el texto y rompiendo la relación entre éste y el contexto en que fue conocido en primera instancia por el individuo”, (De Pablos).

Escuchar

Empezaremos entonces por la analogía del diván, que fuera de los problemas cotidianos que nos atañen día a día en nuestra labor, no se trata de hablar acerca de nuestras penas y angustias, sino que nos invita, como dicen los colegas, a la escucha analítica. Como mencionábamos antes, la información llega a nosotros por canales cada vez más diversos. Hablamos de la conversación cara a cara pero también de los múltiples formatos que soportan los medios electrónicos actuales. Todo eso juega un rol fundamental en nuestra manera de tomar decisiones, no siempre de una manera consciente y notoria, porque muchas de las contradicciones que hemos naturalizado continúan ahí sin que a nadie le llame la atención. Lo mismo sucede cuando buscamos en la innovación la respuesta a algunos problemas que frecuentamos en el mundo educativo preguntándonos las mismas cosas diariamente y consiguiendo los mismos resultados. También cuando sumamos herramientas como justificación de esa innovación pero sin cambiar nuestras prácticas ni objetivos.

Como señalamos anteriormente, no ocupamos en esta primera metáfora, de tinte psicoanalítico, el lugar de pacientes, sino de analistas. Una de las propuestas terapéuticas del psicoanálisis es justamente la escucha analítica, la atención flotante. Esta escucha permite tomar conocimiento de fuerzas psíquicas que quiebran nuestra voluntad y que nos gobiernan más allá de todos nuestros esfuerzos por contradecirlas, en este punto el psicoanálisis se ha transformado en la vía para acceder al saber inconsciente, ahí en donde “el aferrarse a la enfermedad y la rebeldía a curarse” producen síntomas que se repiten y que hasta parecen no tener un sentido.

Estar de acuerdo con Sir Ken Robinson respecto a que “la escuela mata la creatividad” y seguir enseñando de la misma manera, sin preguntarnos de qué manera puede cambiarse ese escenario, es una especie de contradicción que puede seguir así durante muchos años sin que nos demos cuenta. Hablamos de esas contradicciones, de esa difícil tarea de preguntarnos constantemente cómo queremos enseñar lo que enseñamos, qué lugar ocupamos en ese modelo, qué más tenemos que aprender para enseñar, y también ¿puedo no saber?

Siguiendo a Vigotzky y su idea de que “El camino que va del niño al objeto y del objeto al niño pasa a través de otra persona“, esa otra persona que mediatiza el contacto con el objeto puede ser un maestro o millones de personas que publican contenidos en internet o todos los anteriores juntos. Hay que hacer todo lo posible para que las mediaciones de los niños con los objetos sean buenas porque son fundamentales: las mediaciones que ellos mismos se dan entre pares resultan buenas. Una computadora cargada de contenidos por miles de personas en internet o una computadora en un hoyo en una pared diseñada por el mismo Sugata Mitra[1] (mediación), también.

Todo esto viene a que esa mediación siempre tiene que abordar de manera crítica lo que sucede en el proceso de enseñanza y de aprendizaje, no puede no revisarse a sí misma como mediación ni olvidarse del niño ni del objeto. Aquí es donde la posibilidad de hacernos buenas preguntas entra como una necesaria manera de autoevaluar nuestras prácticas y de mejorarlas. La propuesta de Mitra en una de sus visitas a Buenos Aires fue la de convertir el currículum en pregunta, y no tomarlo como la respuesta.

¿Qué tiene que ver esto con el diván del psicoanalista? Mucho. Conversar más con nuestros colegas sobre lo que hacemos en el aula nos permite posicionarnos en el rol de escucha, y si ese rol nos permite encontrar en las palabras del otro cosas que se podrían modificar para mejorar, para innovar, para transformar nuestra manera de enseñar y aprender. Pero hay que saber escuchar atentamente, descifrar en las palabras de nuestros colegas, identificarnos, ser empáticos y sobre todo no tenerle miedo a la crítica. El analista suele darle al paciente más preguntas que respuestas, pero son preguntas que, aunque incisivas a veces, intentan abrirnos los ojos y ponernos frente a frente con nuestras contradicciones.

Los chicos no solo nos muestran que en su curiosidad están las principales fuentes de su aprendizaje sino que son buenos periodistas. Muchas veces trabajamos los géneros periodísticos en el aula y utilizamos ejemplos de los diarios para mostrar cómo se escribe cuando se quiere informar algo: la «pirámide invertida», las «cinco preguntas básicas», la jerarquización de la información, la nota de color, la entrevista, entre otras. Pero, si algo saben hacer los chicos y chicas, cuando tienen interés, es preguntar. Desde los más pequeños hasta los adolescentes, todos ellos rastrean, encuentran, preguntan, jerarquizan y reorganizan la información a la hora de resolver alguna cuestión relevante para ellos. Volver a hacernos preguntas es una forma de conseguir rescatar nuestra curiosidad y así seguir aprendiendo día a día.

El acto de escuchar está basado en la misma ética que nos constituye como seres lingüísticos. Humberto Maturana expresa que «la aceptación del otro como un legítimo otro» es un requisito esencial del lenguaje. Si no aceptamos al otro como un legítimo otro, el escuchar estará siempre limitado y se obstruirá la comunicación entre los seres humanos. Cada vez que rechazamos a otro, sea un socio, un cliente, un empleado, un competidor, un país, etcétera, restringimos nuestra capacidad de escuchar. Producimos la fantasía de escuchar al otro mientras nos estamos, básicamente, escuchando a nosotros mismos. Al hacer esto, nos cerramos  las posibilidades que los demás están generando.

Contar

De la escucha analítica pasamos a la segunda parte de esta ponencia: el saber cómo contar historias. Los amantes de las historias, en cualquiera de sus formatos y soportes posibles, sabrán cómo se siente estar atrapados en las palabras del otro, en eso que han escrito para nuestro deleite como espectadores, lectores, oyentes, sensibles a ser conquistados por los mensajes que llegan a nuestros sentidos. El contagio del gusto por la literatura, por poner un ejemplo, no es fácil de lograr si no conseguimos lograr esa empatía que permita al otro sentir lo mismo que nosotros al hablar de un libro o de una historia.

El poder compartir con nuestros colegas nuestras experiencias, exitosas o no, nos permite no solo escucharnos a nosotros mismos, sino que otros puedan aportar a nuestras prácticas elementos que no habíamos tenido en cuenta. Para ello es realmente importante poder apasionarnos por nuestra labor y saber contarlo. La metáfora del fogón que se convoca en esta segunda parte tiene un poco que ver con eso. Sabemos que el tiempo de compartir con colegas no abunda cuando se es educador, pero por más que sean unos breves minutos en el recreo o algunos comentarios por redes sociales, es importante que podamos expresar esa posibilidad de hacer algo diferente.

El hablante, señala De Pablos, es agente en tanto que, cuando habla desarrolla una acción de la que es responsable y con la que pretende influir sobre la audiencia. En este sentido, el hablante depende del conocimiento de sus interlocutores y de los argumentos de éstos para responder a ellos, por lo que su capacidad de hacer depende de este conocimiento de la situación comunicativa. Pero la agencialidad también depende del uso de instrumentos culturales, medios adecuados, para actuar.

Es el fogón de campamento el que reúne historias, que nos invita a la dramatización, que nos inunda del ambiente creado por las palabras mientras que cerramos los ojos y escuchamos. No es lo mismo contar una historia de terror que una experiencia en el aula, aunque a veces no están tan lejos, pero sí podemos con nuestro relato crear esa atmósfera que complete aquello que el otro no pude vivir. Muchos docentes aprovechan las redes sociales o crean blogs personales en los que vuelcan sus ideas, proyectos y anhelos respecto a sus tarea como educador. Esto ayuda no solo a llevar un registro de avance con un grupo, sino también a que otros puedan acercarse.

Como afirma Rafael Echeverría en su libro “Ontología del Lenguaje”, si aceptamos que hablar es actuar, reconocemos que el hablar modifica el mundo, el estado de las cosas, y que, por consiguiente, el hablar trae consecuencias. En otras palabras, el hablar rearticula el mundo como espacio de lo posible. Luego que alguien dice algo, nuevas posibilidades emergen y antiguas posibilidades dejan de existir. Lo que antes estaba cerrado se abre y lo que estaba abierto se cierra. Porque se tuvo, o quizás porque no se tuvo, una determinada conversación, nuestras vidas toman una u otra dirección. Porque alguien nos dijo —o quizás no nos dijo— algo; porque nosotros dijimos —o quizás no dijimos— algo, devenimos en una persona diferente.

Cuando escuchamos, por lo tanto, podemos observar cómo el mundo, y otros nosotros dentro de él, nos transformamos por el poder del lenguaje. Al escuchar podemos preguntarnos sobre las consecuencias que trae aquello que se dijo, sobre cómo ello se relaciona con nuestras inquietudes, sobre las nuevas acciones que a partir de lo dicho es ahora posible tomar. Nos podemos preguntar sobre las nuevas oportunidades que se generan a partir del hablar; sobre las nuevas amenazas que se levantan; podemos preguntarnos sobre las acciones que permiten hacerse cargo tanto de las unas como de las otras.

Lo dicho nos lleva a reconocer el poder de las conversaciones. Todos hemos tenido la experiencia de salir de una conversación y reconocer que el mundo es otro, que se han abierto o cerrado puertas, que podemos entrar a espacios que antes nos estaban vedados o que algo muy valioso se rompió mientras se conversaba.

En una conversación, el hablar de uno modifica lo posible para el otro, permitiéndole a éste decir lo que antes no habría dicho. Este decir, a su vez, le modifica lo posible al primero quien descubre ahora la posibilidad de decir algo sobre lo que jamás antes había pensado, y así sucesivamente. En ello reside el gran poder de las conversaciones.

Generalmente, no vemos nuestros mitos como mitos ni nuestras historias como historias. No nos damos cuenta de que incluso lo que decimos acerca de nuestros antepasados es una historia. No hay salida. No podemos escapar del tejido que creamos con nuestras historias.

Los seres humanos viven «en lenguaje»: viven al interior de las historias que construyen para otorgar sentido a sí mismos y al mundo que los rodea. Martin Heidegger insistía en que el «lenguaje es la morada del ser». Observó nuestras historias como «edificios que cobijan al hombre» y reconoció que el hombre no es solamente el productor de sus historias, sino, antes que nada, el producto de ellas. «El hombre actúa», escribió, «como si fuese el artífice y el maestro del lenguaje, en circunstancias que es el lenguaje el que ha permanecido como maestro del hombre».

Hablamos entonces de saber comunicar el hecho educativo haciendo referencia al saber escuchar y saber contar, dejar espacios para la reflexión de nuestras prácticas y, si podemos, enriquecer también a nuestros colegas. Compartir la información que tenemos disponible a través de conversaciones, publicaciones, nuevos espacios de encuentro, presencial, en línea.

La escuela, el aula, nuestras formas de aprender y de enseñar, sabemos, no se han mantenido estáticas, por eso es que es un buen momento para mostrar lo que se viene haciendo, compartiendo con quienes no están día a día en el aula, aprovechando la mirada de los medios y la multiplicidad de formas de producir contenidos en internet.

Es el desafío de las instituciones construir espacios de diálogo que promuevan un legítimo vínculo basado en la conversación en el que cada agente se sienta capaz de poder aportar a los demás, tanto como los demás pueden aportarle. Hablamos de una relación basada en la sinceridad, en el respeto mutuo y en la idea de que el vínculo con el otro es fundamental para pensarnos a nosotros mismos como seres sociales, como educadores y como personas.

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